Publican los diarios completos de Alfred Rosenberg, «arquitecto del Holocausto»

10/Sep/2015

ABC, España, Por Jorge S. Casillas

Publican los diarios completos de Alfred Rosenberg, «arquitecto del Holocausto»

«¿Cree usted que es casualidad que yo le haya
llamado dos veces para que pronuncie grandes discursos en el Día del Partido?
Me resulta difícil decírselo así, pero si alguien me pregunta por usted, le
contestaré que es la mente más profunda del movimiento. Usted es el padre de la
iglesia del Nacionalsocialismo». Con estas palabras se dirigía Adolf Hitleral
que sería su ministro Alfred Rosenberg, principal teórico del antisemitismo y
uno de los ideólogos de la «Solución final», la política racial que acabó con
la vida millones de judíos.
Testimonios tan directos como este aparecen en
«Alfred Rosenberg. Diarios 1934 – 1944», libro de la editorial Memoria Crítica
que acaba de ver la luz. Aunque hace tiempo que se conoce la existencia y el
contenido de estos apuntes, nunca se habían publicado los folios
correspondientes al último tramo de la Segunda Guerra Mundial, cuando el
conflicto fue afectando la moral y la autoestima del entorno de Hitler como una
gota malaya.
Una de las cosas que se confirma con estos
diarios es la tremenda inquina que Rosenberg sentía por Goebbels. Los dos se
odiaban, y apuntaron en sus respectivos diarios los desprecios que Hitler les
dedicaba cuando uno de los dos no estaba presente. Un comportamiento que denota
o falta de estima del Führer con su núcleo duro o una extraña estrategia con la
que mantener la competencia entre ministros. El libro demuestra en muchos casos
que los hombres de confianza de Hitler se comportaban como niños peleando por
el amor de un padre.
Un padre al que temían, por otra parte, porque
el mismo Rosenberg explica cómo se asustó al recibir un telegrama del Führer
convencido de que sería una bronca por escrito.
Cuentan los autores del libro que este
ministro para los Territorios Ocupados del Este era poco menos que un pelota, y
que presentaba sus discursos a Hitler para obtener su aprobación. También
«enseñaba con gestos igualmente serviles y un orgullo casi infantil el patrimonio
artístico que había reunido robando en toda Europa, y del que Hitler pudo
escoger personalmente algunas piezas para el “Museo del Führer” en Linz».
Rosenberg, además de ser el teórico del nacionalsocialismo, jugó un papel
crucial en el expolio de obras de arte.
Odio entre ministros
Los apuntes de Rosenberg recogían también
chascarrillos y conversaciones de todo tipo. «Acabo de volver de la recepción
que el Führer ofrece cada año al cuerpo diplomático», escribió el 1 de marzo de
1939. «Resulta que (…) Goebbels dijo que, si al Führer no le gustaba su vida,
tendría que habérselo pensado antes de actuar en 1924. Aunque sé de sobra lo
mezquino que es Goebbels, me sorprendió mucho su franqueza». Directo al mentón.
Pero no solo Goebbels era el blanco de las
críticas de Alfred Rosenberg. También el ministro de Exteriores, Joachim von
Ribbentrop, al que tacha de arrogante en una conversación con Hermann Göring.
Corría el mes de mayo de 1939. Aún no había empezado la guerra y ya estaban a
golpes.
—En definitiva, ¿Von Ribbentrop está loco o es
idiota? —le pregunta Göring.
—Es un tipo realmente idiota y con la
arrogancia habitual —responde Rosenberg.
—Una cosa de la que me he enterado hace poco:
se sabe que ha solicitado a un pariente suyo que lo adopte para poder mantener
en su apellido la preposición «von». Sin embargo, no ha pagado el dinero que
había acordado abonar a cambio y lo han llevado a juicio.
—En los tiempos de la lucha —añade Rosenberg—,
la gente se burlaba de él.
—Hoy ese idiota cree que tiene que dársela de
«canciller de hierro» (…). Los imbéciles como este encuentran poco a poco su
ruina; pero pueden causar un enorme daño.
Criminal convencido
Cuchicheos aparte, Rosenberg pasará a la
historia por ser uno de los más firmes defensores de la «Solución final». El
historiador español Josep Fontana lo definió como el «arquitecto del
Holocausto» y acertó, porque sus palabras sobre los judíos iban siempre
cargadas de un odio visceral y extremo, acusándolos de todos los males de «su»
patria. «Sigo enfureciéndome cada vez que pienso en lo que ese pueblo parásito
le ha hecho a Alemania».
Rosenberg mantenía que los judíos y los
bolcheviques eran prácticamente lo mismo. Pero en realidad solo buscaba un
pretexto ideológico (político) para una decisión puramente racial. «Sea como
fuere –declaró en su momento–, debemos concatenar el bolchevismo a los judíos e
impedir que, de repente, estos últimos se conviertan también en “antibolcheviques”
y vuelvan a envenenar al victorioso nacionalismo de nuestro tiempo». Rosenberg
era, según los autores del libro, un «criminal por convicción» que creyó en
todo lo que predicaba hasta el final de sus días, también durante el
confinamiento en Nuremberg.
Al terminar la Guerra fue detenido por el
ejército de Estados Unidos y juzgado junto a otros jerarcas del nazismo. Le
acusaron de crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, participación en
la preparación de una guerra de agresión y crímenes contra la paz. Tras ser
declarado culpable, el 16 de octubre de 1946 se le aplicó la pena de muerte.
Entre los folios de su diario, Rosenberg
realizó algunas anotaciones sobre la posición que había mostrado España con
respecto algunos de sus postulados. El 23 de agosto de 1936, con la Guerra
Civil recién comenzada, Rosenberg apuntó que no le convencía mucho la postura
de Franco con respecto a los judíos. «En España, el general Franco no quiere
saber nada de antisemitismo. No está claro si por respeto a sus judíos
marroquíes, que tienen que pagar diligentemente, o porque todavía no ha
comprendido que el judaísmo se esta vengando de Isabel y Fernando. Hace un año,
el joven Primo de Rivera vino a visitarme (…). Tampoco él se pronunció sobre la
cuestión judía. Ojalá el delirio asesino de lo judíos no se salga con la suya».
En esa reunión, como cuenta cuatro años
después en ese mismo diario, José Antonio le confesó una idea que debió
gustarle mucho a Hitler. «España era católica, en eso nosotros no queríamos
intervenir. Rivera dijo entonces que perfectamente, pero que el Papa era
semejante a un masón y que España elegiría en Toledo a su propio Papa (…). El
Führer trató el tema pormenorizadamente. Todos los estados católicos deberían
elegir a su propio Papa».